Titanic

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Eran las 11:40 de la noche del 14 de abril de 1912. Por aguas del Atlántico Norte, a unos 700 kilómetros al sur de Nueva Escocia (Canadá), navegaba a la velocidad de 22 nudos (sólo 2 o 3 por debajo de la máxima), el transatlántico más grande del mundo: el S.S. Titanic, de la compañía británica White Star Lines. En ese preciso momento, uno de los vigías se percata de la presencia, a 600 metros a proa, de un gran bloque de hielo flotante. Avisado el puente, el oficial de guardia da la orden inmediata de virar a babor y dar la marcha atrás, con el fin de evitar una colisión que, sin embargo, aparece inevitable, dado el desplazamiento del barco (más de 46.000 toneladas) y la velocidad, francamente excesiva en una zona especialmente peligrosa dada la presencia de icebergs. En efecto, treinta y siete segundos después de haberse dado la voz de alarma, el Titanic es fatalmente rozado por la montaña helada, que, al pasar longitudinalmente por su casco debajo de la línea de flotación, produce grietas que comunican los compartimentos estancos, haciendo inútil el bombeo del agua que va entrando sin cesar. En cuestión de dos horas y cuarenta minutos se hundió el formidable buque, llevándose consigo las vidas de más de 1.500 personas, de las 2.228 que iban a bordo entre pasaje y tripulación. Sólo se salvaron las 705 que pudieron ganar los botes salvavidas, en total unos 20 con capacidad para 65 pasajeros, insuficientes para salvar a todos, y que aún así iban llenos sólo a mitad.

Mientras el Titanic comenzaba su largo sueño a casi cuatro kilómetros de profundidad, el mundo quedaba horrorizado por la magnitud y lo inesperado de la catástrofe. Era un campanillazo de advertencia a aquella sociedad despreocupada de la Belle Époque, que entre valses, polkas y cotillones vivía su gaie Apocalypse. De ahí a poco, en 1914, los disparos efectuados por Gavrilo Prinzip en Sarajevo, no sólo matarían al kronprinz austrohúngaro Francisco Fernando y a su esposa, sino las ilusiones y expectativas de unas generaciones excesivamente optimistas e infatuadas por la fe ciega en el progreso. El siglo XIX, positivista y descreído, había hecho de la Ciencia un tótem. La expansión colonial de las grandes potencias había generado una gran riqueza que los herederos de las grandes fortunas exhibían y disipaban con insolencia. La expresión plástica de aquellas décadas -Art Nouveau en Francia, Liberty en Gran Bretaña, Estados Unidos e Italia y Modernismo en España- da fe del grado de refinamiento alcanzado, par al de corrupción moral soterrada bajo apariencias de convénance, que haría célebre el dicho de “vicios privados, públicas virtudes”. Los grandes inventos -especialmente el automóvil, el telégrafo y el teléfono- hacían concebir a la Humanidad una confianza ilimitada en ella misma. Los grandes derrochaban y los pequeños iban a la conquista de la tierra prometida, que manaba leche y miel. Todo ese mundo iba en el Titanic.

El barco, símbolo perfecto de aquella época y de su mentalidad prepotente, era el orgullo de todos: de sus propietarios, de sus constructores, de sus pasajeros, de todos aquellos que se agolpaban en los muelles y a lo largo de las costas para ver su soberbio paso surcando las aguas, en desafío abierto a las fuerzas de la Naturaleza. El Atlántico siempre había infundido un sacro respeto, un temor reverencial: no en vano había cobrado desde tiempos inmemoriales -cuando era conocido como el tenebroso Mar de los Sargazos- su constante tributo de víctimas. Pero ahora, se estaba en el siglo XX y el Hombre se sentía capaz de todo. Edward J. Smith, marino de brillante carrera, a quien tocaría la suerte de ser el capitán del fatídico transatlántico, decía en 1907: “No puedo imaginar ninguna circunstancia que pueda hacer que un barco se hunda… La ingeniería naval ha superado ese riesgo”. Algunos periódicos de aquel tiempo, al hablar con entusiasmo desbordante del Titanic, llegaron a escribir una blasfemia: ni Dios podría hundirlo. Cuando, durante su viaje inaugural, herido de muerte por un iceberg, se precipitó para siempre en los abismos oceánicos, muchos tuvieron ocasión de preguntarse si todo no había sido un castigo a la vanidad de los hombres por quererse hacerse como dioses y proclamarlo con tan inaudito descaro, tentación tan antigua como el mundo.

Esta es la reflexión moral que se puede hacer más allá de los aspectos anecdóticos y hasta apasionantes que encierra el relato del hundimiento más famoso de la Historia y que, a pesar de haber transcurrido más de ochenta y cinco años, sigue ejerciendo su fascinación hoy en día, como lo prueba el éxito rotundo de taquilla de la colosal producción cinematográfica que recrea una vez más el episodio. Para terminar, vale la pena llamar la atención sobre la circunstancia de que el celebérrimo Titanic llevaba precisamente un nombre que evoca un capítulo importante de la Mitología griega: la rebelión de los Titanes, hijos de Urano y Gea, contra los dioses. Después de una lucha sin cuartel, al pretender escalar el Olimpo para enseñorearse de la divina morada, fueron fulminados por los rayos de Zeus y precipitados en el Tártaro por las fuerzas desencadenadas de la Naturaleza, aliadas del padre de los dioses. ¿No es sugestivo?

Bibliografía.-

Lord, Walter: A night to remember; Selecciones: Grandes desastres, Reader’s Digest (México, 1990).