La Casa Real española y Barcelona

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Al hablar de la Casa Real Española hemos de referirnos a la dinastía que, con diversos nombres (Trastámara, Austria y Borbón), ha reinado en todo el territorio del Estado Español desde 1479, año de la muerte de Enrique IV de Castilla, a quien suceden Isabel y Fernando, ya Reyes de Aragón, que así consagran la unidad de los reinos hispánicos. Es necesaria esta precisión porque Barcelona ya había estado en estrecha relación con los monarcas de la casa catalano-aragonesa, cuya residencia favorita fue durante mucho tiempo, constituyendo, además, el marco de algunos enlaces regios. El último que tuvo lugar antes del “Tanto monta, monta tanto” fue el del rey Martín el Humano, que se casó en segundas nupcias con Margarita, hija del conde de Prades, en el Palacio de Bellesguard, el 17 de septiembre de 1409. Bendijo la unión nada menos que el Papa Luna, Benedicto XIII, que se encontraba, a la sazón, gozando de la hospitalidad del rey aragonés. Ésta ha sido la única boda real del ámbito peninsular celebrada por un Sumo Pontífice.

Ya en el contexto de la unión hispana, los catalanes se mostraron muy cordiales hacia los Reyes Católicos. El “Consell” de Barcelona dispensó a la Reina Isabel una calurosa bienvenida cuando ésta vino en 1481. Ella y su esposo recibieron en el Salón del Tinell a Colón, de vuelta de su primer viaje al Nuevo Mundo, en 1493. Su nieto Carlos I se hallaba en la capital catalana celebrando el capítulo de la Orden del Toisón de Oro -de la que era cabeza como Duque de Borgoña- cuando se enteró de la muerte de su abuelo el Emperador Maximiliano I, ocurrida a comienzos de 1519. La candidatura del joven Rey de España al Imperio -que era electivo- fue aclamada entusiásticamente por sus caballeros reunidos en el hermoso coro de la Catedral, en cuya sillería quedó plasmado el recuerdo de la asamblea al ser representados en ella los escudos de los capitulares. El 5 de junio de ese mismo año, tenía lugar en la misma Seo la boda de la reina-viuda de Fernando el Católico, Doña Germana de Foix, con el margrave de Brandeburgo-Ansbach, patrocinada por su nietastro, que siempre demostró hacia la dama una rendida consideración, hasta el punto de hacerla Virreina de Valencia. No era propiamente una boda real, pero sí la de una ex-reina.

Aunque Felipe III y Margarita de Austria-Estiria se casaron en Valencia, pasaron en Barcelona lo que puede llamarse su “luna de miel”, en 1599. Allí la reina se despidió de sus hermanos, los Archiduques que la habían acompañado a España y, con su augusto esposo emprendió la peregrinación a Montserrat. Felipe IV no estuvo en buenas relaciones con los catalanes y hubo de enfrentar la Guerra Secesionista (1640-1652), tras la que se hicieron sinceramente las paces por ambas partes, ya que Cataluña había quedado harta del dominio francés. Por esta época, las nupcias de los Reyes de España estaban lejos de tener la envergadura que podía esperarse por haberse convertido en costumbre el privilegio de eximir de impuestos durante un tiempo a los lugares donde tenían lugar. Ahora bien, como las arcas reales estaban casi siempre exhaustas, se elegían pequeñas poblaciones -tal fue el caso de Navalcarnero y Quintanapalla- para que la gracia no fuera demasiado onerosa para el Estado.

El primer Borbón, Felipe V, se había casado por poderes con María Luisa Gabriela de Saboya en 1701. Desde Barcelona fue a Figueras para recibir a su mujer, celebrándose la misa de velaciones en la capital ampurdanesa, el 3 de noviembre, a lo cual siguió un banquete de bodas, del que nos ha dejado relato el Duque de Saint-Simon en sus famosísimas “Memorias”. El día 8, hizo su entrada en Barcelona la real pareja, en medio de una cortés frialdad que sorprendió al soberano, el cual, recién venido de Francia, no entendía las susceptibilidades de sus súbditos catalanes, que recelaban del nieto de Luis XIV y bisnieto de Felipe IV. La Princesa de los Ursinos, consejera de los jóvenes monarcas, les recomendó detenerse en la ciudad durante una temporada para ganarse la confianza de los barceloneses. Desde aquí, el Rey empezó a aplicar su política centralista, que continuó en Madrid, enajenándose así la adhesión de la Corona de Aragón, que la dio al Archiduque Carlos. El “rey de los catalanes” recibió en Mataró, el 24 de julio de 1708, a su flamante esposa Isabel Cristina de Brunswick-Wolffenbüttel. Los que serían abuelos de la infortunada reina María Antonieta permanecieron una semana en la capital del Maresme. El 1º de agosto hacían su entrada triunfal, por la Puerta Nueva, en una Barcelona enfervorizada. Se cantó un Tedeum en Santa María del Mar y los soberanos se instalaron en el Palacio Real, contiguo al templo.

Pasadas las vicisitudes de la Guerra de Sucesión y resignados los catalanes a las consecuencias de la Nueva Planta, Barcelona recibe jubilosamente a los reyes Carlos III y María Amalia de Sajonia, que llegan desde Nápoles para ocupar el trono dejado vacante por Fernando VI. Entre el 17 y el 22 de octubre de 1759, la Familia Real es agasajada en la Ciudad Condal, desde donde marchan a Madrid vía Zaragoza. Una doble boda enlazará a cuatro nietos de Carlos III en la capital de Cataluña, el 4 de octubre de 1802. Los novios son: por una parte, el Príncipe de Asturias (futuro Fernando VII) y la princesa María Antonia de Nápoles, y, por otra, Francisco, Príncipe heredero de Nápoles y la Infanta Doña Isabel de España. La ceremonia es presenciada por los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma.

Tras los desórdenes provocados por la invasión napoleónica, las guerras carlistas y las luchas de los partidos, Isabel II aprovecha el remanso del ministerio O’Donnell para dejarse ver por su pueblo. En 1862, visita Barcelona, que, a pesar de los fermentos revolucionarios, la recibe con grandes muestras de lealtad. Su nieto Alfonso XIII irá también en varias ocasiones, siendo la más significada el 6 de abril de 1904, cuando el joven rey entró en ella a caballo. Cuatro años después volverá ya casado acompañado por la reina Victoria Eugenia. La residencia habitual de la Familia Real era el Palacio de Pedralbes.

El aprecio de nuestra casa reinante hacia la capital de Cataluña queda patente por la asunción del título soberano de Conde de Barcelona por parte de Don Juan de Borbón y Battenberg, cuyo uso le fue ratificado excepcionalmente por su augusto hijo en 1977. Sus Majestades Don Juan Carlos y Doña Sofía han visitado Barcelona varias veces y su hija menor la Infanta Doña Cristina vive aquí desde hace tiempo. En suma, aunque las relaciones entre la Corona Española y uno de sus más bellos florones han conocido algún altibajo a través de la Historia, no dudamos que la próxima boda de los flamantes Duques de Palma de Mallorca en la hermosa Catedral de Barcelona sellará una mutua y duradera fidelidad.